lunes, 27 de julio de 2015

Jugando con una calandria




El canto de las aves siempre me pareció la voz de la Naturaleza (sobre todo en una ciudad tan urbanizada como Buenos Aires). Lo que no sabía hasta hace poco era que hay formas de hablar con esa voz y que ésta te conteste. 
En el video juego con una calandria común (mimus saturninus) probando algunos silbidos para que ésta imite. En un momento parece imitar a un benteveo y hasta a una alarma de auto, y aunque logra responder los silbidos simples, no imita cuando hago tres silbidos cortos (aunque al día siguiente la escuché haciéndolo por sí sola, sin que yo le silbara). Si pueden, hagan la prueba. Para reconocer el canto de la calandria basta con escuchar sonidos estridentes y silbidos; la única dificultad es que como imitan tantos sonidos, no suelen tener todos los individuos un canto parecido, así que mi método de reconocimiento va por descarte: cuando no puedo identificar con precisión qué especie está cantando, casi siempre (si estoy en la ciudad) es una calandria. ¡La próxima vez que vayan a una plaza o un parque inténtenlo!

video

No me extraña que existan mitos aborígenes nacidos del contacto con este lindísmo ave. Aquí dos que encontré:
http://literaturaenparana.blogspot.com.ar/2011_04_01_archive.html
http://www.portalguarani.com/detalles_museos_otras_obras.php?id=103&id_obras=2397&id_otras=369

miércoles, 1 de julio de 2015

Textos para rumiar 2

Esta vez es el turno de Joseph Campbell (que seguramente vuelva en algún momento porque acabo de terminar de leer los 4 tomos de "Las máscaras de Dios", y hay muchas ideas interesantes). Recuerden que las negritas son mías para hacer énfasis en lo que me llama la atención. Pues bien, para él, hoy en día:
"el centro de gravedad, o sea, del reino del misterio o del peligro, ha sido eliminado definitivamente. Para los pueblos cazadores primitivos de los más remotos milenios humanos, cuando el tigre de colmillos de sable, el mamut y el reino de las presencias animales menores eran las manifestaciones primarias de lo que era ajeno —al mismo tiempo la fuente del peligro y del sustento—, el gran problema humano era establecer una liga psicológica con el hecho de compartir la selva con estos seres. Una identificación inconsciente tomó lugar y esto finalmente tomó conciencia en las figuras mitad humanas mitad animales de los antecesores totémicos mitológicos. Los animales se convirtieron en los tutores de la humanidad. Por medio de actos de imitación literal —como vemos ahora en los juegos de los niños (o en el manicomio)— se llegó a una aniquilación efectiva del ego humano y la sociedad alcanzó una organización cohesiva. En forma similar, las tribus que se sostenían con alimentos vegetales, se reunieron alrededor de la planta; y los rituales de la siembra y de la cosecha se identificaron con los de la procreación humana, el nacimiento y el progreso hacia la edad adulta. Sin embargo, tanto la planta como el mundo animal fueron sometidos al control social. De allí que el gran campo del milagro instructivo se moviera hacia los cielos y la especie humana pusiera en vigor la gran pantomima del sagrado rey luna, del sagrado rey sol, y del estado hierático y planetario, y también los festivales simbólicos de las esferas que regulan al mundo.
Hoy todos estos misterios han perdido su fuerza; sus símbolos ya no interesan a nuestra psique. La noción de una ley cósmica, que sirve a toda existencia y ante la cual debe inclinarse el hombre mismo, hace mucho que pasó a través de las etapas místicas preliminares representadas en la astrología antigua y ahora es algo que se da por sabido en términos meramente mecánicos. El descenso de los cielos a la tierra de las ciencias occidentales (desde la astronomía del siglo XVII a la biología del siglo XIX) y su concentración actual, por fin, en el hombre mismo (en la antropología y la psicología del siglo XX), marcan el camino de una maravillosa transferencia del punto de enfoque del asombro humano. Ni el mundo animal, ni el mundo de las plantas, ni el milagro de las esferas, sino el hombre mismo, es ahora el misterio crucial. El hombre es la presencia extraña con quien las fuerzas del egoísmo deben reconciliarse, a través de quien el ego debe crucificarse y resucitar y en cuya imagen ha de reformarse la sociedad. El hombre, entendido no como “yo”, sino como tú”: pues ninguno de los ideales o instituciones temporales de ninguna tribu, raza, continente, clase social o siglo puede ser la medida de la divina existencia inagotable y maravillosamente multifacética que es la vida de todos nosotros".

J. Campbell, El héroe de las mil caras, FCE, México, pp. 343-345.


Esto no significa para mí que haya que tomar esta explicación como única o fundamental para entender el origen de las mitologías, pero sí me parece que pone a las sociedades estudiadas en un contexto que las define bastante y que no se suele tener muy en cuenta a la hora de tratar de comprender su pensamiento, arte y religión. Porque justamente se trata de aquello que el ser humano desconoce y lo asombra, y por lo tanto lo atrae y lo pone en constante movimiento.
También me gusta el giro último que no le quita mérito a las ciencias de la modernidad pero que tampoco se conforma con el enfoque solipsista o de monismo metodológico en el que comúnmente caen. Sobre todo en un mundo como el de hoy en el que, como dice, los límites de cada sociedad particular, los límites de cada saber, pierden sentido verdadero vistos aisladamente, siendo que es absurdo pensar que sólo nuestra acotada visión de la realidad es absolutamente válida en todo momento y para todos, sobre todo conociendo la variedad de culturas, costumbres y creencias de buena fe que pueblan el planeta.