martes, 12 de mayo de 2015

Hallazgos literarios 2

Eutrapelias (1971), del marroquí-venezolano Jacobo Bentata, es un pequeño librito que encontré una vez que recorría las librerías de Corrientes. El título me llamó la atención porque hacía poco había habido una charla en la Semana de la Filosofía (evento anual en la UCA donde los profesores y alumnos exponen sobre temas que les interesen) con el mismo nombre. La charla me había gustado mucho porque trataba de la virtud de una equilibrada diversión, un entretenimiento jocoso y alegre que refresca el alma pero no la vuelve superficial o desinteresada hacia lo importante (algo que debería aplicar más a menudo, para no distraerme tanto). Sólo dos veces escuché o vi esa palabra en mi vida, y no habrán pasado más de dos semanas entre esas dos veces.
Sobre el autor no hay mucha información en Internet, más que era un periodista nacido en Marruecos que se estableció en Venezuela.*




Lo interesante de este libro es que consta de unos 50 micro-ensayos, todos con temáticas distintas pero con el mismo estilo de reflexión errabunda, sencilla, humilde y sopesada. Se nota que era una persona letrada y que de vez en cuando un pensamiento asaltaba su mente y lo ponía en papel para desarrollarlo un poco y preservarlo del olvido. 
Lo más característico de este autor son los ocasionales chistes (esos que la gente de antes llama "cuentos", porque son una historia) que decoran las reflexiones y que son propiamente el ejercicio de la eutrapelia. Por ejemplo, en el ensayo titulado "Ateos": "Algunos se dicen ateos sin serlo, y otros lo son sin saberlo. ¿Cómo calificar al que proclamaba «soy ateo a Dios gracias»? Un andaluz reaccionaba cuando alguien trató de convertirle a un dogma distinto. «¿Cómo voy a adoptar otra fe, si no creo en la mía, que es la verdadera?»".
Como joyita, al comienzo del libro, un modesto título en el medio de la hoja dice: 
"Biografía del autor
Jacobo Bentata viaja, mira, olfatea, saborea, escucha, palpa... y sonríe".

Un caso raro e interesante, de un ilustre desconocido que escriba de una manera original y divertida; por eso lo considero un buen hallazgo.




sábado, 9 de mayo de 2015

¿Y después de la posmodernidad, qué?

La posmodernidad, tan difícil de definir, siempre tuvo para mí una característica esencial que me ayuda a comprenderla un poco: la crítica del criticismo. Desconozco si alguien ya lo pensó (lo cual es muy probable), así que me explico siguiéndome a mí mismo:
La filosofía moderna se caracterizó, en gran parte, por su espíritu crítico de la filosofía clásica (la metafísica, en particular) y por la militancia, digamos, con la que difundió este espíritu. Ejemplos claros del primero son Descartes, Hume, Kant y Nietzsche; y de la segunda, el positivismo en general (orden y progreso para todos; sobre todo nuestro orden, el único válido) y el colonialismo europeo.
Ahora bien, estas dos particularidades, que tan bien funcionaban juntas, fueron fermentando a lo largo del tiempo hasta crear una paradoja incluso en las mentes de los mismos modernistas. Porque la crítica es tal en cuanto es reciente y, por lo tanto, no-tradicional. Con lo cual, el problema que vivimos hoy en día con respecto a esto es que la modernidad se ha vuelto ya una tradición que debe ser criticada. Muchos aspectos de ella nos resultan arcaicos, muchas ideas quedaron obsoletas o sin el campo de acción del que nacieron. El tremendo avance tecnológico, por ejemplo, ha hecho que nos sintamos en un mundo totalmente diferente al del siglo XVIII, con sólo 300 años de distancia (cosa que no pasaba tanto, creo yo, en épocas pasadas a la nuestra). Además, después las dos guerras mundiales no queremos tener nada que ver con las personas que las originaron y nos hemos desilusionado de la promesa positivista. Es más: diría (y no sería el primero) que ya desde la muerte de Hegel (que básicamente se anunció como un profeta del Absoluto, designado para revelar el fin último de la Historia) la gente se fue convenciendo cada vez más de la exacerbada vanidad que envolvía al espíritu moderno y de que el final del progreso no estaba para nada cerca, y tal vez nunca lo estuviera.
Resumiendo: los posmodernos tenemos una tradición que nos impone el deber de criticar las tradiciones. Por lo tanto, es como tener un padre que ordena: "¡Debes criticar!" Si le hacemos caso, no lo estamos criticando, porque le hacemos caso. Si no le hacemos caso, no lo estamos criticando, que significa que le hacemos caso. El resultado es una gran crisis de identidad, en la que estamos completamente desorientados y por eso no nos podemos diferenciar de él (de ahí "post-moderno"), aunque queramos hacerlo hace rato.
Y esto es verdaderamente un problema, porque parte de madurar implica diferenciarse sanamente de los padres, reconociendo también que somos consecuencia de su crianza y por lo tanto compartimos ciertas características esenciales. Entonces, la paradoja se podría resolver ni afirmando ni negando el imperativo de la modernidad, sino pensando primero quién nos lo dice, por qué y para qué, para luego decidir si estamos de acuerdo o no. En términos más concretos: si no nos paramos a pensar si realmente las llamadas pseudo-ciencias, o las religiones son falsas o peligrosas (cuáles, por qué, según quién, en qué casos y para qué aspectos de la vida), estamos repitiendo a la ciencia por repetirla, desde su voz en vez de la nuestra (y esto me lo digo a mí mismo también, que en este punto es algo que me cuesta). Y eso sería una verdadera crítica de la crítica, pero no desde el "mandato paterno" sino desde lo que queremos ser como individuos, como sociedad y como especie. O, por ejemplo, en el caso opuesto, si por diferenciarnos de la modernidad por el simple hecho de ser diferentes hacemos alarde de respetar las distintas manifestaciones humanas, pero en el fondo creemos que la sociedad estaría mejor sin tanto extranjero amenazante, tenemos un serio problema de hipocresía, dobles estándares y necedad (necio es el que no quiere conocer la realidad y se conforma con lo que ya sabe o repiten los demás acerca de ella; una verdadera crítica no puede partir jamás de esto). Y pongo este caso como ejemplo porque veo y siento que estamos degenerando socialmente en este sentido (o se esconde o no, pero parece un fenómeno global importante): la gente se ha cansado del pluralismo, o de pretender que es pluralista cuando no lo es. Puedo estar equivocándome o que sea algo localizado en mis alrededores (y espero que así sea), pero cada vez escucho más gente quejándose a viva voz de los privilegios que en vez de poder recibir su grupo familiar/social/económico/racial/nacional lo reciben otros. Cuando, en mi humilde opinión, deberían pedir que todos tengan privilegios según su necesidad, con lo cual dejan de ser privilegios, a menos que alguien los necesitara particularmente más que otros (en cuyo caso se vuelven necesidades).
En conclusión, creo que la posmodernidad está dejando la adolescencia y está empezando a avanzar hacia su cumbre, muy de a poco. Y me preocupa que nos agarre la crisis de los 40 sin haber resuelto quiénes somos, quiénes queremos ser, por qué y para qué, sin tener en cuenta a los demás y despilfarrando recursos en cualquier cosa. 











jueves, 16 de abril de 2015

Textos para rumiar 1

En esta sección van a ir textos que me llaman la atención y me dejan pensando (o que expresan pensamientos que me inquietan -en el buen sentido- desde siempre). Las negritas son mías y resaltan ideas que comparto o con las que me siento identificado. 
Hoy, damos la palabra a Erwin Schroedinger, que parece que tenía toda una filosofía escondida, opacada por el gato de la caja (los gatos siempre queriendo ser el centro de atención...):

"Supón que estás sentado sobre un banco en un camino de un paraje de los Alpes Altos. Alrededor tuyo ves lomas con hierba salpicadas de rocas, en frente una pendiente con un campo de pedruscos con matorrales de álamos bajos. Abruptos tajos con espesa vegetación se alzan hasta muy arriba de los pastos alpinos carentes de árboles. Delante tuyo las cimas coronadas de nieve, cuyos escarpados riscos se suceden con lomas nevadas y se sumergen en el rosa tierno del sol que se despide contra un firmamento de un azul pálido.
Todo esto, que ven tus ojos —de acuerdo con nuestra concepción usual— ha estado aquí, con pequeños cambios, desde hace milenios. Dentro de un ratito —no mucho tiempo— tú ya no estarás mientras que el bosque, las rocas y el cielo seguirán así invariables después de ti.
¿Qué es eso que te ha reclamado repentinamente de la nada para que goces un rato de este espectáculo que ni siquiera repara en ti? Todas las condiciones de tu ser son casi tan viejas como la roca. Desde hace milenios los hombres han ambicionado, sufrido, criado; las mujeres han parido con dolor. A lo mejor hace cien años otro estaba sentado en este lugar y contempló al igual que tú, con idéntico recogimiento y melancolía en el corazón, esas lomas candentes. Había sido engendrado por un hombre y nacido de una mujer al igual que tú. Sentía dolor y alegría como tú. ¿Era otro acaso? ¿No eras tú mismo? ¿Qué significa este tú mismo? ¿Qué condiciones hacen falta para que este engendrado se convierta en ti, justamente tú y no otro? ¿Qué sentido científico claramente comprensible ha de tener ese otro? Si la que es hoy tu madre hubiera cohabitado con otro y le hubiera dado un hijo, y de igual manera tu padre, ¿hubieses llegado a ser tú? ¿O quizás tú en ellos, en el padre de tu padre... ya desde hace milenios? Y si así fuera, ¿por qué no eres tu hermano, ni tu hermano tú, ni uno de tus primos lejanos? ¿Qué es lo que te permite descubrir una tal obstinada diferencia entre tú y otro— si objetivamente la situación es idéntica?
Desde este punto de vista y a partir de este razonamiento puede ocurrir que de repente se ilumine la profunda razón de ser de aquellas motivaciones védicas: es imposible que la unidad, este reconocimiento, el sentir y querer que tú llamas tuyo haya salido de la nada en un cierto momento (no hace mucho tiempo); más bien este reconocer, sentir y querer es esencialmente eterno e invariable y numéricamente es sólo uno en todos los hombres, o mejor dicho en todos los seres sensibles. Pero no así que tú seas una parte, un trozo de un ser eterno e infinito, un aspecto, una modificación de él, como lo quiere el panteísmo de Spinoza. Pues esto continuaría siendo la misma incomprensibilidad: ¿qué parte, qué aspecto eres justamente tú?, ¿qué te diferencia, objetivamente, de los demás? No, por muy incomprensible que parezca al intelecto común: tú —e igualmente cada ser consciente tomado por separado— eres todo en todo. Por ello tu vida, la que tú vives, no es un fragmento del acontecer mundial, sino en cierto sentido, la totalidad. Sin embargo, esta totalidad está compuesta de tal forma que no se puede abarcar con una mirada. Como se sabe es esto lo que los brahamanes expresan con la sagrada, mística y sin embargo sencilla fórmula: tat twan asi [esto eres tú]. O también con palabras como: yo estoy en el este y en el oeste, estoy abajo y arriba, yo soy la totalidad del mundo".

E. Schroedinger - Mi concepción del mundo.

Y yo agrego: ¿Por qué causa más angustia lo que pasará después de muertos que lo que pasó antes de existir, si tarde o temprano nos vamos a enterar de lo primero mientras que lo segundo tal vez no lo sepamos nunca? ¿Cómo pude haber sido antes de haber sido? ¿Pude haber aparecido yo (mi yo personal y, por decirlo de alguna manera, esencial) desde la nada misma? ¿O qué era antes de ser?
Interesante también la última parte de la cita, que me hace recordar muchísimo al perspectivismo de Ortega y Gasset, del cual seguramente hablaré en algún momento.

domingo, 29 de marzo de 2015

Mi televisor

Mi televisor funciona mal. Desde que me mudé, hace ya unos cuantos años, le agarran ciertas convulsiones en su software (probablemente como resultado de algún golpe en su hardware durante el traslado). Para prenderla y apagarla tengo que apretar muy fuerte el botón del control remoto, durante varios segundos seguidos. Si se me resbala el dedo, tal vez tenga que usar el botón del televisor, ya que el del control decide que se esforzó suficiente y no funciona aunque lo mantenga eternamente. Pero eso no es nada. Lo verdaderamente divertido pasa cuando logro encenderlo. Cuando pasa mucho tiempo apagada, el duendecillo que opera en su interior (definitivamente desquiciado por la contusión de la mudanza) se enoja y decide castigarme haciendo que en la pantalla aparezcan cosas extrañas. ¡Y lo mejor de todo es que no siempre es lo mismo! Generalmente, es una especie de mensaje de error, lleno de números y letras que no dicen nada, que no puedo sacar a menos que apague y vuelva a prender el aparato (¡bendita panacea para los males informáticos modernos!). Esto, además de borrar el cartel molesto, restablece el volumen al nivel en el que lo dejé la última vez (que por alguna razón se sube varios puntos) y me devuelve la capacidad de cambiar de canal, así como todas las otras funciones.



Si sólo hiciera esto, ya me habría cansado de mi televisor. Pero mi televisor es un artista, y, por ejemplo, hizo también una vez que apareciera un cartel que me amenazaba con cambiar el canal al final de una cuenta regresiva que volvía a empezar cuando llegaba a cero.


Otra vez, cuando me atrevía a poner el volumen en 11, me lanzaba una sarta de jeroglíficos y caracteres, luego de lo cual se apagaba y prendía solo, hasta que subía el volumen de nuevo y el ritual se repetía.



También me ha pasado varias veces que al prenderla, la imagen está en blanco y negro, y aparecen caracteres al azar en el display y el menú.


Ayer se subió el volumen casi al tope (¿alguien sabe por qué existe la posibilidad de subirlo más del triple de lo máximo que tolera el oído humano?) y el control remoto quedó inutilizado. Para colmo, el botón del televisor que baja el volumen, lo sube, y obviamente el que lo sube también lo sube. Al final, el control no funcionaba por las pilas, pero para probar esto tuve que desenroscar el cable del... cable para no tener señal y que no me aturdiera el ruido (ni a mis vecinos).
Por ahí más de uno ya hubiera tirado el trasto a la basura, y no estaría injustificado. Pero yo prefiero conservarlo hasta que no dé más. En parte porque no lo uso tanto como para justificar uno nuevo, y en parte porque si funcionara bien sería aburrido; a lo que funciona bien no le prestamos atención, no le damos mayor importancia. Claro que si todo funcionara así de mal me volvería loco, pero esto es una sana dosis diaria de comportamiento azaroso y errático. Es caótico e impredecible: es un desafío. Siempre tira algo nuevo justo cuando creés que no puede hacer nada más o que ya sabés cómo manejar todas las situaciones. Porque a veces hasta crea combinaciones de efectos ya utilizados. Pone mi ingenio a prueba para encontrar nuevas soluciones y me recuerda que la vida es desordenada, incontrolable, y sin embargo, manejable si en vez de evadir los problemas, los enfrentás (esto es más fácil decirlo que hacerlo, pero eso es otra historia).
Por todo esto me encanta mi televisor, y espero que siga así siempre.

lunes, 9 de marzo de 2015

La vertiente

"La naturaleza imita al arte". Esa frase siempre me llamó la atención y me pareció un poco ridícula (como cuando alguien dice, sin justificarlo demasiado, que todo es arte), como si fuera una respuesta caprichosa a la noción inversa, que es la clásica. Pero hace poco resurgió la idea en mi mente, como de la nada (aunque fue de esas nadas profundas, en realidad). Y fue a raíz de esto: fuimos a San Luis hace poco con mi novia. Estábamos en un camping muy lindo en El volcán y hubo una noche en la que llovió muchísimo. Esa tormenta, sumada a otras que había habido en la semana, originó una pequeña tira de agua que atravesaba el camping hasta desembocar en una depresión del terreno. El flujo de agua era poco, pero constante, por lo que el dueño supuso que debía haber una vertiente en las sierras que rodeaban el lugar. Nosotros, que estábamos algo aburridos y que queríamos hacer alguna excursión, le propusimos ir a investigar. Como a él le interesaba aprovechar ese agua en un futuro, hasta le hacíamos un favor si encontrábamos la vertiente, por lo que nos dijo que fuéramos tranquilos. Así que nos mandamos a campo traviesa a pasear y averiguar el origen de tanta agua, como en una misión especial. En realidad no sucedió nada extraordinario, pero visto con ojos de niño o de narrador de mitos, el paseo se vuelve algo que podría haber escrito yo en alguno de mis cuentos:

Pasamos con cuidado el alambrado sobre las piedras apiladas que separaban el camping de la parte más agreste de la sierra (el límite entre lo familiar y lo desconocido). Desde ahí fuimos de a poco, tratando de seguir el curso de agua, que en partes formaba charcos que tratábamos de evitar para no mojarnos los pies. La vegetación era tupida pero no al punto de impedir demasiado el paso; lo más molesto, que nos hacía tener que hacer rodeos, era la rosa mosqueta, con sus espinosas y enmarañadas ramas. Nos fuimos abriendo paso sin mucho problema lo más recto posible hasta que se nos ocurrió subir por una de las dos laderas que teníamos a los lados del sendero que seguía el agua (que era como un corredor que se metía en medio de las sierras). Si bien el ascenso se dificultó un poco, subimos sin ninguna complicación, a excepción del sol, que ya estaba cayendo, y un alambrado altísimo y moderno. Dimos la vuelta y volvimos al camino de agua, sin muchas esperanzas ya de encontrar la vertiente, pues se hacía tarde y era imposible saber si estaba a pocos metros o a varios kilómetros sierra adentro. Sin embargo, decidimos seguir un poco más. Cruzamos otro alambrado (parecido al que bordeaba al camping) y nos encontramos con un muro de ramas espinosas, secas pero aun así infranqueables. Detrás de él, el agua corría hacia nosotros todavía, así que buscamos la forma de rodear el obstáculo y seguir por lo menos unos pasos más. Al hacer esto, de pronto escuchamos un aletear detrás nuestro, muy cerca, y yo pude ver con el rabillo del ojo la figura de un ave del tamaño de un chimango. Me di vuelta y le pregunté a mi novia (que iba detrás mío) si pudo llegar a ver al animal, pero me dijo que no. Cuando volví mi cabeza hacia adelante otra vez, como por arte de magia apareció a mi derecha, en una especie de hueco entre la maleza, un búho,* parado en una rama, mirándome con su cabeza girada 90° a su izquierda. Me quedé absorto por un segundo a causa de sus grandes ojos anaranjados que me vigilaban alertas. Sin dejar de mirarlo y tratando de no asustarlo, le dije a mi novia que se acercara despacio. Pero el búho no le dio tiempo y levantó vuelo para perderse detrás de las sierras. Inspeccionando el lugar que el ave había dejado, encontramos un pequeño pero robusto nido hecho con espinos que seguramente fuera de la pareja. Me quedé maravillado y satisfecho por el día; si no encontrábamos la vertiente, la salida habría sido lindísima de todas maneras. Y sin embargo, apenas unos pasos más adelante, allí estaba: al pie de un árbol mohoso se hallaba un pequeño charco cuya agua no parecía provenir de más arriba. Nos aseguramos de que el curso de agua uniera el camping con aquel lugar y que la tierra estuviera seca detrás de ese punto y concluimos que la vertiente (la primera, al menos) no podía ser otra que esa. Finalmente, habiendo cumplido la misión y ya algo cansados, decidimos volver.

Los hechos no son nada del otro mundo, vistos normalmente. Lo que me sorprende de todo esto es que los símbolos que rodearon la escena bien podrían haber sido los que habría elegido para alguno de mis cuentos: la búsqueda del origen, lo primigenio; la diferencia tajante entre territorio conocido y desconocido; el camino escabroso y el muro de espinas; el búho guardián de la fuente de sabiduría. Y yo siempre pienso que las cosas que escribo son muy burdas, que los símbolos que elijo son muy obvios, trillados y superficiales. Pero esta vez la Naturaleza fue la que eligió. Y eso no deja de maravillarme. Tal vez el arte también se trate de imitar a la naturaleza imitando al arte.









*Tucúquere (Bubo magellanicus), tal vez.

domingo, 15 de febrero de 2015

Hallazgos literarios 1

Pasando por una librería (de las que venden carpetas y témperas) en Villa Urquiza, descubrí que en un rincón se escondían ocho humildes estantes con algunos libros. La mayoría eran los ubicuos best-sellers de la temporada, pero en un rincón de ese rincón vi un cartelito mágico: "oferta". Esa palabrita, que en general significa que los productos no son de muy buena calidad, funciona distinto con los libros; por eso captó mi atención enseguida. Pues bien, en ese recoveco di con "Zoología lírica", de Juan Burghi. El título y la portada fueron suficientes para que me interesara:



El libro consiste en pequeños "artículos" acerca de distintas especies que pueblan la vida cotidiana del autor. De entrada me gustó la idea de describir especies animales usando un lenguaje más artístico que científico, pero una vez que lo empecé a leer me decepcionó un poco. No tanto por lo que está escrito, sino por todo lo que se le podría agregar. Creo que lo que pasó fue que yo esperaba que hablara de las especies, y en lugar de eso habla más bien de observaciones acerca de animales particulares. Al menos a mí, que me maravillan las aves (y hay muchas en el libro), me dan ganas de escribir mis propios artículos. Tal vez sea la envidia que hace que me pregunté por qué no se me ocurrió a mí primero, pero de cualquier manera, pensé en ofrecer este pequeño aporte al apartado "Golondrinas":

"Las golondrinas me fascinan. ¡Cuánta libertad de ir a donde quieran! ¡Cuánta gracia y precisión en sus movimientos! Son dueñas del aire; tan ágiles que parecen el mismísimo viento encarnado.
Se mueven sin moverse, planeando constantemente, bailando en las alturas. Viven en el aire, dando vueltas, comiendo y bebiendo sin tocar el suelo más que para descansar. Van de levita azul paseándose como si fueran príncipes y princesas del cielo. Con un canto corto y alegre se mofan de nosotros, los pesados y torpes terrestres. Y cuando se avecina una tormenta, sus figuras se recortan contra las nubes grises, mostrándose solamente al que sabe y puede observar bien; tan lejos están de este profano suelo".


En conclusión, el libro me gustó más como hallazgo, como objeto interesante y raro que como lectura apasionante. De cualquier manera, sin duda vale la pena hojearlo.

Algo parecido me pasó primero con "Eutrapelias", de Jacobo Bentata, un librito del que hablaré la próxima.

Bienvenido

¡Bienvenido, viajero, a la Cueva de los Infinitos Recovecos y los Serpenteantes Ríos Subterráneos!
La tabla de piedra que sostienes en tus brazos y que intentas leer con tus dedos en la penumbra de esta gruta es un mensaje que he dejado para aventureros como tú. Mi nombre es Drexfin, soy la lucerna de barro que se encuentra a tu lado, apagada o, más bien, cuya llama se encuentra escondida. Ruego me disculpes por no recibirte como se debe, pero es necesario que no agote mis fuerzas en vano y no consuma del todo mi aceite, el cual podrás darme de beber y podré usar solamente si necesitas de mi guía. Porque en efecto, mi padre el Fuego, o sea, yo mismo en otra época, me colocó aquí a tu disposición y la de cualquier otro intrépido buscador de verdades con la condición de que me mantuviesen vivo.
Para esta empresa he llamado a los otros elementos en mi ayuda, pero sólo han accedido el agua y la tierra. Su matrimonio bajo mi cálida bendición ha dado como fruto el vehículo que me contiene. Sin embargo, me elude el invisible aire, de quien no he tenido respuesta y sin el cual no puedo moverme. Avívame pues, de a poco, con tu espíritu, para que el aire fresco del cavernoso laberinto de las profundidades a su vez nos anime a ambos, haciendo propicia la mutua compañía por la cual descubriremos arcanos secretos.

Una advertencia, empero: mi luz es tímida e inconstante, creando así sombras titilantes y confusas más que figuras claras y distintas. No me culpes, sin embargo, totalmente a mí de esto. El extraño lugar en el que estamos inmersos hace de la confusión misma su materia constitutiva. Es por esta razón que me he puesto a tu servicio, extranjero amigo, al mismo tiempo que invoco tu sostén. Porque solos somos una orgullosa nada, pero juntos… ¿quién sabe? Tal vez podamos estar humildemente en Todo.