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lunes, 27 de julio de 2015

Jugando con una calandria




El canto de las aves siempre me pareció la voz de la Naturaleza (sobre todo en una ciudad tan urbanizada como Buenos Aires). Lo que no sabía hasta hace poco era que hay formas de hablar con esa voz y que ésta te conteste. 
En el video juego con una calandria común (mimus saturninus) probando algunos silbidos para que ésta imite. En un momento parece imitar a un benteveo y hasta a una alarma de auto, y aunque logra responder los silbidos simples, no imita cuando hago tres silbidos cortos (aunque al día siguiente la escuché haciéndolo por sí sola, sin que yo le silbara). Si pueden, hagan la prueba. Para reconocer el canto de la calandria basta con escuchar sonidos estridentes y silbidos; la única dificultad es que como imitan tantos sonidos, no suelen tener todos los individuos un canto parecido, así que mi método de reconocimiento va por descarte: cuando no puedo identificar con precisión qué especie está cantando, casi siempre (si estoy en la ciudad) es una calandria. ¡La próxima vez que vayan a una plaza o un parque inténtenlo!


No me extraña que existan mitos aborígenes nacidos del contacto con este lindísmo ave. Aquí dos que encontré:
http://literaturaenparana.blogspot.com.ar/2011_04_01_archive.html
http://www.portalguarani.com/detalles_museos_otras_obras.php?id=103&id_obras=2397&id_otras=369

lunes, 9 de marzo de 2015

La vertiente

"La naturaleza imita al arte". Esa frase siempre me llamó la atención y me pareció un poco ridícula (como cuando alguien dice, sin justificarlo demasiado, que todo es arte), como si fuera una respuesta caprichosa a la noción inversa, que es la clásica. Pero hace poco resurgió la idea en mi mente, como de la nada (aunque fue de esas nadas profundas, en realidad). Y fue a raíz de esto: fuimos a San Luis hace poco con mi novia. Estábamos en un camping muy lindo en El volcán y hubo una noche en la que llovió muchísimo. Esa tormenta, sumada a otras que había habido en la semana, originó una pequeña tira de agua que atravesaba el camping hasta desembocar en una depresión del terreno. El flujo de agua era poco, pero constante, por lo que el dueño supuso que debía haber una vertiente en las sierras que rodeaban el lugar. Nosotros, que estábamos algo aburridos y que queríamos hacer alguna excursión, le propusimos ir a investigar. Como a él le interesaba aprovechar ese agua en un futuro, hasta le hacíamos un favor si encontrábamos la vertiente, por lo que nos dijo que fuéramos tranquilos. Así que nos mandamos a campo traviesa a pasear y averiguar el origen de tanta agua, como en una misión especial. En realidad no sucedió nada extraordinario, pero visto con ojos de niño o de narrador de mitos, el paseo se vuelve algo que podría haber escrito yo en alguno de mis cuentos:

Pasamos con cuidado el alambrado sobre las piedras apiladas que separaban el camping de la parte más agreste de la sierra (el límite entre lo familiar y lo desconocido). Desde ahí fuimos de a poco, tratando de seguir el curso de agua, que en partes formaba charcos que tratábamos de evitar para no mojarnos los pies. La vegetación era tupida pero no al punto de impedir demasiado el paso; lo más molesto, que nos hacía tener que hacer rodeos, era la rosa mosqueta, con sus espinosas y enmarañadas ramas. Nos fuimos abriendo paso sin mucho problema lo más recto posible hasta que se nos ocurrió subir por una de las dos laderas que teníamos a los lados del sendero que seguía el agua (que era como un corredor que se metía en medio de las sierras). Si bien el ascenso se dificultó un poco, subimos sin ninguna complicación, a excepción del sol, que ya estaba cayendo, y un alambrado altísimo y moderno. Dimos la vuelta y volvimos al camino de agua, sin muchas esperanzas ya de encontrar la vertiente, pues se hacía tarde y era imposible saber si estaba a pocos metros o a varios kilómetros sierra adentro. Sin embargo, decidimos seguir un poco más. Cruzamos otro alambrado (parecido al que bordeaba al camping) y nos encontramos con un muro de ramas espinosas, secas pero aun así infranqueables. Detrás de él, el agua corría hacia nosotros todavía, así que buscamos la forma de rodear el obstáculo y seguir por lo menos unos pasos más. Al hacer esto, de pronto escuchamos un aletear detrás nuestro, muy cerca, y yo pude ver con el rabillo del ojo la figura de un ave del tamaño de un chimango. Me di vuelta y le pregunté a mi novia (que iba detrás mío) si pudo llegar a ver al animal, pero me dijo que no. Cuando volví mi cabeza hacia adelante otra vez, como por arte de magia apareció a mi derecha, en una especie de hueco entre la maleza, un búho,* parado en una rama, mirándome con su cabeza girada 90° a su izquierda. Me quedé absorto por un segundo a causa de sus grandes ojos anaranjados que me vigilaban alertas. Sin dejar de mirarlo y tratando de no asustarlo, le dije a mi novia que se acercara despacio. Pero el búho no le dio tiempo y levantó vuelo para perderse detrás de las sierras. Inspeccionando el lugar que el ave había dejado, encontramos un pequeño pero robusto nido hecho con espinos que seguramente fuera de la pareja. Me quedé maravillado y satisfecho por el día; si no encontrábamos la vertiente, la salida habría sido lindísima de todas maneras. Y sin embargo, apenas unos pasos más adelante, allí estaba: al pie de un árbol mohoso se hallaba un pequeño charco cuya agua no parecía provenir de más arriba. Nos aseguramos de que el curso de agua uniera el camping con aquel lugar y que la tierra estuviera seca detrás de ese punto y concluimos que la vertiente (la primera, al menos) no podía ser otra que esa. Finalmente, habiendo cumplido la misión y ya algo cansados, decidimos volver.

Los hechos no son nada del otro mundo, vistos normalmente. Lo que me sorprende de todo esto es que los símbolos que rodearon la escena bien podrían haber sido los que habría elegido para alguno de mis cuentos: la búsqueda del origen, lo primigenio; la diferencia tajante entre territorio conocido y desconocido; el camino escabroso y el muro de espinas; el búho guardián de la fuente de sabiduría. Y yo siempre pienso que las cosas que escribo son muy burdas, que los símbolos que elijo son muy obvios, trillados y superficiales. Pero esta vez la Naturaleza fue la que eligió. Y eso no deja de maravillarme. Tal vez el arte también se trate de imitar a la naturaleza imitando al arte.









*Tucúquere (Bubo magellanicus), tal vez.

domingo, 15 de febrero de 2015

Bienvenido

¡Bienvenido, viajero, a la Cueva de los Infinitos Recovecos y los Serpenteantes Ríos Subterráneos!
La tabla de piedra que sostienes en tus brazos y que intentas leer con tus dedos en la penumbra de esta gruta es un mensaje que he dejado para aventureros como tú. Mi nombre es Drexfin, soy la lucerna de barro que se encuentra a tu lado, apagada o, más bien, cuya llama se encuentra escondida. Ruego me disculpes por no recibirte como se debe, pero es necesario que no agote mis fuerzas en vano y no consuma del todo mi aceite, el cual podrás darme de beber y podré usar solamente si necesitas de mi guía. Porque en efecto, mi padre el Fuego, o sea, yo mismo en otra época, me colocó aquí a tu disposición y la de cualquier otro intrépido buscador de verdades con la condición de que me mantuviesen vivo.
Para esta empresa he llamado a los otros elementos en mi ayuda, pero sólo han accedido el agua y la tierra. Su matrimonio bajo mi cálida bendición ha dado como fruto el vehículo que me contiene. Sin embargo, me elude el invisible aire, de quien no he tenido respuesta y sin el cual no puedo moverme. Avívame pues, de a poco, con tu espíritu, para que el aire fresco del cavernoso laberinto de las profundidades a su vez nos anime a ambos, haciendo propicia la mutua compañía por la cual descubriremos arcanos secretos.

Una advertencia, empero: mi luz es tímida e inconstante, creando así sombras titilantes y confusas más que figuras claras y distintas. No me culpes, sin embargo, totalmente a mí de esto. El extraño lugar en el que estamos inmersos hace de la confusión misma su materia constitutiva. Es por esta razón que me he puesto a tu servicio, extranjero amigo, al mismo tiempo que invoco tu sostén. Porque solos somos una orgullosa nada, pero juntos… ¿quién sabe? Tal vez podamos estar humildemente en Todo.