viernes, 6 de abril de 2018

Cuento corto: El cazador de perspectivas


El cazador de perspectivas
Federico Caivano


Nunca me gustó pedirle ayuda a alguien con un caso, y menos a él. Mucha discusión por el porcentaje que se lleva y en medio de la investigación desaparece semanas enteras sin poder ubicarlo. Pero con el caso de la Serpiente del Oeste no me quedó opción. Había agotado todos mis recursos y sólo me quedaba apostar por sus métodos excéntricos. Me refiero, claro está, a Urme, el cazador de perspectivas. Así que localicé la agencia de donde tomaba trabajos, en Rajkot, y dejé un mensaje que sabía captaría su atención inmediatamente. Escribí: “Tengo un boleto a Andrómeda con tu nombre si vienes a Ahmedabad y consigues encontrar alguna pista sobre el paradero de la Serpiente del Oeste. Espero tu contacto. – M. F.”

Dos semanas después lo vi sentado en la vereda, frente a mi oficina, a primera hora de la mañana, con un cigarrillo consumido entre sus dedos y su brazalete en modo de espera. Lo invité a pasar y le expliqué la situación. Me dijo que aceptaría el trabajo si le mostraba el boleto, cosa que hice. Su rostro se iluminó como nunca lo había visto antes y hasta creo haber percibido una sonrisa debajo de su abundante bigote. Me devolvió el boleto y me aseguró que la Serpiente estaría frente a mi despacho en tres días, para entregar a la policía en bandeja de plata. Luego volvió a su tono monocorde habitual y dijo: “Muchos dicen que la vida en Andrómeda no es para nada diferente a la de la Vía Láctea; que todas las formas de vida a base de carbono perciben el mundo esencialmente de las mismas maneras. Pero estoy convencido de que cada nueva perspectiva adapta la realidad de una forma intraducible… no puedo perderme la oportunidad de experimentar perspectivas nuevas. ¡Y ni hablar del valor de mercado de una perspectiva extra-galáctica!”. Se despidió fríamente y encendió su brazalete antes de cruzar la puerta del despacho; entraba en acción.

Los días pasaron sin novedades por parte de Urme, como era habitual en sus procedimientos. Era un mes lento, con poco trabajo nuevo y casi ningún avance posible por el momento en los casos que tenía abiertos, así que salí a recorrer el barrio en busca de posibles futuros clientes. Después de todo, las deudas continuaban llegando a la misma velocidad de siempre. Las pantallas de búsquedas no mostraban nada nuevo, salvo los típicos familiares que no se presentan a pagar lo prestado. Estaba tan desesperado por un nuevo trabajo y, sobre todo, por tener algo que hacer, que estuve a punto de tomar uno de esos casos, aunque la paga fuera ridícula. Sin embargo, el sonido de un deslizador deportivo acelerando a toda potencia me detuvo. No parecía el ruido familiar de las carreras entre pandillas, sino algo mucho más… frenético. Para mi sorpresa, vi al vehículo aparecer detrás de un edificio, para luego zumbar frente a mis narices y detenerse dos calles más adelante, justo en mi oficina. Corrí como loco mientras observaba a una figura misteriosa pateando la puerta del edificio y subiendo las escaleras. Ajusté el compartimento de mi brazo para desenfundar mi arma en dos movimientos y entré con cuidado al edificio. Procuré moverme sigilosamente, pero en cuanto pisé el último peldaño de la escalera, una voz me habló desde el interior de mi oficina. “Fahjba… Fahjba, no dispare. Estoy a su disposición. Por favor, entre”. Era la voz de la Serpiente del Oeste. Me moví cuidadosamente, revisando el corredor de arriba abajo y con todos mis sensores encendidos. Casi me quedo sin aliento cuando vi a la criminal más buscada de la ciudad postrada a mis pies, frente a mi destartalado y oxidado escritorio. Activé las arañas inmediatamente, que salieron de mis bolsillos y fueron a inmovilizar sus manos y pies por completo. Activé las rastreadoras para que la requisen y para asegurarme de que no hubiera cámaras o trampas instaladas en la habitación. Sólo me trajeron un pedazo de papel de sus bolsillos que decía: “Mañana a primera hora lo veré para recibir lo prometido. – U. de R.” “¿Cómo...?”, fue lo único que alcancé a decir. La muchacha me respondió, desde el suelo y con los ojos vidriosos: “Mi camino… es un obstáculo. Me mostró lo… lo que es ser. Realmente ser. Las modalidades, los roles, los procesos, los propósitos… Y yo no era… ¡Le suplico que me salve! Mi camino era un obstáculo. Mi camino es un obstáculo”. Parecía haberse sumido en alguna especie de trance y repetía la frase como mantra. Evidentemente, Urme había compartido con ella gran parte de su banco de datos neuronal. Millones de pequeños momentos y puntos de vista comunicados en directo… Estaba enterado de los terribles efectos de una descarga masiva instantánea, pero jamás los había visto ni conozco hasta el día de hoy alguien más que los haya presenciado. Suspiré profundamente, me senté y llamé a la policía en calma.

Al día siguiente, entregué el boleto a Urme, que lo guardó y subió a su cuenta personal inmediatamente. Sin decir una palabra, nos despedimos, y mientras lo veía caminar pensé que era una suerte que en unos meses estuviera en el punto más lejano posible de mi oficina.

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